Relatos de Etgar Keret: humor negro en el conflicto israelí

 

Etgar Keret es el máximo exponente de la literatura israelí actual y de la narrativa moderna en hebreo. Sus relatos son de culto entre los jóvenes israelíes y el público internacional que ha tenido la oportunidad de leerlo en alguna de las 10 lenguas a las que se ha traducido su obra. Nació en 1967 en Ramat Gan –distrito rico de la ya opulenta ciudad mediterránea de Tel Aviv–, judío, de raíces polacas supervivientes del holocausto y curiosamente describe su contemporaneidad, alejándose de los tópicos re-mascados que esperaríamos encontrar al juntar todos esos factores. Precisamente por ello se ha ganado la fama d’enfan terrible de la ficción israelí.

Si uno piensa en la brevedad de sus cuentos (325 páginas divididas en 54 relatos) puede encontrar paralelismos en la fugacidad de los textos que consumimos actualmente. Quizás es un ansia por cambiar constantemente de tema o de encontrar algo nuevo que falsamente nos sorprenda. No en vano, Salman Rushdie le llamó “la voz de la próxima generación”. Keret usa esa idea de brevedad directa, retratando lo banal de una vida pop en un país con una confrontación bélica infranqueable. Es esa realidad onírica y surrealista en la que tener un muñeco de Bart Simpson implica aprender judaicamente a ahorrar dinero en una hucha cerdito, en la que una hamburguesería se puede llamar “Cheesus Cristo” o en una realidad paralela todos los jóvenes suicidas del mundo evitan la egolatría de Kurt Cobain.

La chica sobre la nevera, Pizzería Kamikaze y otros relatos reúne en un solo volumen su segunda y tercera antología que se publicaron en 1994 y 1998 respectivamente en Israel. Las dosis de violencia se intercalan con elipsis. Poco a poco, a cuentagotas, nos va dejando la sensación que Todd McEwen describió en su reseña de The Guardian como una «masculina confusión, soledad, torpeza, incompetencia, rugido y, sobre todo, inmovilidad. Su narrador está atrapado en una melancolía masculina cabreada horrorosa de contemplar en su masturbatoria desconexión del las posibilidades y placeres reales del mundo».

Sin embargo su clave está en que lo hace con humor negro, acidez y un lenguaje de sencillez abrumadora. Despoja toda la verborrea innecesaria llegando a ser muy cercano relatando situaciones cotidianas, pero… ¿Cómo pueden serlo si no hemos vivido vivencias parecidas a las que suceden en Oriente Medio? ¿Cotidianas para nosotros? Sí, porque nunca proporciona una historia importante, son pequeños retazos minimalistas, de experiencias que sean o no regionales se han globalizado. Y cuando te has acomodado en esa familiaridad aparente, aparece los crímenes y lo grotesco para golpearte. La violencia es algo normal en el universo de Keret y la trata con ese tipo de cotidianidad perversa de los niños repitiendo lo que han visto hacer a sus padres o de obviar que nos parece normal un bombardeo en Gaza y no en París. Entre sus juegos inventivos, Keret introduce a menudo surrealismo para señalar que los límites de lo posible cambian muy fácilmente. La crítica le ha comparado con Gogol o Kafka por yuxtaponer lo bizarro con la realidad mundana y por la sofisticación de ser extremadamente gracioso y sagazmente serio.

La guerra ha sido el telón de fondo de la vida de Keret, al igual que lo fue para sus padres y lo va a ser para sus hijos. En sus relatos eso no es dramático ni heroico, es algo que se acepta y punto. Como quien acepta que un día llueva o no se haya llegado a tiempo a coger el autobús. Jode y puede cabrearte pero, es lo que hay y hay que seguir con la función. Es admirable que sus relatos no transmitan ningún mensaje político claro ni una posición ideológica, pese a la agitación que satura la región y que se exporta como opinión pública a través de sus corresponsales de guerra al resto del mundo. Evidentemente su universo contiene muchos elementos de cultura judía. Evidentemente aparece el terrorismo. Pero no hay voluntad de teorizar que es ser israelí y esa decisión le ha generado enemigos entre los judíos, los musulmanes y occidente.

«Me encuentro atrapado entre una roca y un lugar muy duro. Durante la guerra del verano pasado estuve en Israel, escribiendo en contra del Gobierno, en contra de la Guerra de Gaza, recibiendo amenazas de muerte para mi, mi mujer y mi hijo. Cada vez que quería viajar al extranjero iba a lugares donde la gente me decía que era un asesino de bebes, que tengo sangre en mis manos. En Israel la gente me boicotea diciendo que soy un traidor, en el extranjero la gente me boicotea porque soy Israelí», afirmaba Keret para The Guardian.

De la enorme ristra de personajes heterogéneos de La chica sobre la nevera, Pizzería Kamikaze y otros relatos solo los secundarios o periféricos cumplen sus sueños y objetivos, nunca los protagonistas. El contexto simplemente sucede, juzga y sentencia y luego quedan sus personajes que intentan encontrar sexo de una noche, educar a sus hijos, irse de bares, comer pizza o ver la televisión. Es algo universal. El desfile de personajes a modo videoclip, nos otorga el privilegio de leer y reírnos del panorama actual que nos ha tocado vivir.

AUTOR: Etgar Keretkeret01

TITULO: La chica sobre la nevera, Pizzería Kamikaze y otros relatos.

TRADUCCIÓN: Ana María Bejarano

EDITORIAL: Debolsillo y Siruela

AÑO: 2013

PÁGINAS:  325

Licenciada en Humanidades en la UPF en 2006 y cursó el Máster en Estudios Comparativos entre Literatura, Arte y Pensamiento. Ha trabajado tanto en librerías como en el sector editorial para Glénat, Jose Juan Olañeta y Penguin Random House. Actualmente reside en Götemburgo y conecta la literatura sueca y la española.

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