Sorolla y el azul mediterráneo de Santa Cristina

Recuerdo que hace poco más de una década, mientras yo paseaba por los canales de Ámsterdam, recibí una llamada de mis padres diciéndome que se habían comprado una casa en la Costa Brava y se mudaban al pueblo costero de Blanes. Solo con largas estancias por el pueblo, una se da cuenta de que la opción fue la mejor. No solamente por su cercanía con Barcelona sino porque aprendes a descubrir pequeños rincones que son verdaderamente paradisíacos y a los cuales a una le entra en deseos de perderse con los primeros rayos de sol del verano. Y lo más importante: no hace falta largas horas en coche para llegar.

Uno de estos rincones es la Cala Treumal, una playa escondida por un bosque de 100 metros de longitud y la más norteña del municipio de Blanes. La cala está colindante con la primera playa de Lloret de Mar que recibe el nombre de Platja Santa Cristina, con una extensión de casi 500 metros de longitud. Ambas están separadas por un conjunto de riscos que forman pequeñas playas y recibe el nombre de Punta des Canó. Para mí esta zona se ha convertido en una de mis preferidas, no solo para bucear y apreciar la rica fauna marítima que posee este rincón del Mediterráneo sino porque hay un secreto ‘cultural’ que guarda este rincón de la Costa Brava. Entre la Cala Treumal y la Platja Santa Cristina existe un camino que, accediendo a lo alto del montículo, se puede llegar a la ermita de Santa Cristina. Justo allí, mirando hacía el lado del azul mediterráneo de la Cala Treumal se encuentra una placa en honor a Joaquín Sorolla con una frase: «Santa Cristina es una maravilla. Grandes pinos sobre el monte, con escollos claros de color, sobre una mar maravillosa, de azul y verde. Algo griego y estupendo.» Precisamente, la misma Platja Santa Cristina fue el enclave elegido por el pintor valenciano para hacer el estudio de su cuadro dedicado a Catalunya y el que, posteriormente, terminaría siendo el paisaje de fondo de uno de los cuadros de grandes dimensiones, titulado “Catalunya: El pescado”, que decora una de las salas de la Hispanic Society de la ciudad de Nueva York.

Monumento a Joaquín Sorolla
Monumento a Joaquín Sorolla
Joaquin Sorolla, un viajero incansable

El pintor Joaquín Sorolla nació en la localidad de Valencia en el año 1863. Al quedar huérfano de padres, su tutela pasó a manos de sus tíos. Fue en el año 1874, mientras trabajaba en el taller familiar, que ingresó en la Escola Superior de Belles Arts de Sant Carles de Valencia, decidido a hacer de la pintura su modus vivendi. Después de su formación, su periplo en la profesión de pintor lo convirtió en algo así como un viajero incansable.

El año 1884, viajó a Roma por encargo de la Diputació de Valencia para formarse en el arte clásico y renacentista. En 1885, junto a su amigo Pablo Gil se trasladan a París, ciudad en que tomaría un profundo contacto con la pintura impresionista, corriente pictórica al que atribuyen como uno de los máximos exponentes en nuestro país. Sin embargo, la ciudad francesa marcaría más adelante su fama como pintor internacional y un nuevo estilo a seguir. En 1888, ya casada con su mujer Clotilde, viven un año en Asís, una pequeña localidad en la provincia italiana de Perugia. En 1889, se trasladan a Madrid donde en cinco años coge prestigio como pintor. Su segundo viaje a París en el año 1894, Sorolla se impregna de un nueva corriente pictórica: el Luminismo. Será aquí donde su pintura, con fuertes rasgos impresionistas, evolucionará hacia una pintura que combina la luz con pinceladas sueltas y radiantes, representando las escenas cotidianas y paisajes, principalmente de las localidades del Mediterráneo. El artista viajó mucho por las principales ciudades de Europa pero no fue hasta una exposición monográfica en París que adquiere una fama mundial y lleva al pintor valenciano a exponer en ciudades como Nueva York, Boston, Chicago y Sant Louis, entre los años 1907 y 1911.

Es precisamente el 26 de noviembre de 1911 que Joaquín Sorolla firma un contrato privado con el mecenas Archer Milton Huntington en París. El pintor se compromete a realizar una gran decoración para una de las salas de la Hispanic Society of America. Bajo el nombre de La Visión de España, unos 14 cuadros murales tendrían la función de decorar la biblioteca de esta institución. El tema de sus cuadros era representar escenas típicas de diferentes localidades de España y también añadir una ubicación de Portugal. La gran envergadura de estos paneles condicionó la vida del pintor durante ocho años. Viajó por todo el país buscando rincones para inspirarse, realizando bocetos que más tarde, ya afincado en su estudio, retomaría para terminarlos.

A finales de septiembre de 1915 llegó a Catalunya. Aquí recorrió parte de la costa catalana buscando ese lugar idóneo donde representar su composición. Junto a dos amigos artistas más, Carles Vázquez y Santiago Rusiñol, el pintor valenciano se paseó por Sitges, Arenys de Mar y por los rincones más pintorescos de la Costa Brava para buscar esa localización perfecta que ilustrase la esencia de la región catalana.

Finalmente, al llegar a la localidad de Lloret de Mar encontró una playa en medio de un bosque de pinos, un poco alejada del pueblo y con un paisaje idílico. Con un mar azul inteso, Sorolla conectó rápidamente con el lugar. Para él le recordaba a las playas de Jávea así que no dudó en realizar una pintura boceto titulado La Costa de Santa Cristina. Más tarde este boceto se convertiría en el fondo del gran mural, Catalunya: el pescado, en el cual quiso representar un mercado de pescado en el barrio de la Barceloneta, muy activo en esta actividad por aquel entonces. La diferencia fue que el escenario lo cambió completamente, transportando de una manera mágica este ajetreo propio del mercado a un lugar idílico como es la cala de Santa Cristina. El pintor juega en la pintura con los trazos fuertes, la luz incide en los personajes pero deja entrever el mar azul de fondo, haciendo que el espectador se adentre en el fondo del cuadro buscando la playa. Sorprende mucho cuando uno observa el boceto de La Costa de Santa Cristina que aún se pueda encontrar el encanto natural que percibió el pintor a pesar de que el crecimiento urbanístico no ha dejado intacta la zona.

Ermita de Santa Cristina

A pocos metros de esta placa conmemorativa se encuentra La Ermita de Santa Cristina. Un templo construido a finales del siglo XVIII y de estilo neoclásico que guarda en su interior una estupenda colección de barcos en miniatura, un altar mayor elaborado en mármol y un retablo procedente de la Escuela de la Toscana que representa la muerte de la santa. La ermita de Santa Cristina, como lo es el cuadro de Joaquín Sorolla, tiene una fuerte vinculación con el mar y con los pescadores. Su construcción se realizó gracias a las aportaciones de los mismos lloretenses, de los patrones de barcos que cedieron sus beneficios e, incluso, de la gente sin recursos que se prestó en los días festivos para levantarla. Imperiosa en medio de un montículo entre las dos calas, la devoción por esta virgen llevó al pueblo a adquirir tres reliquias de la Santa: el cráneo, la costilla y el fémur. En el año 1936 parte de ellas se perdieron pero aún se conserva el cráneo y un pequeño hueso. Para la Fiesta de Santa Cristina, cada 24 de julio, esta reliquia se transporta en una procesión en barco hasta la ermita. Además, justo allí y bajo el árbol centenario con vistas a las dos calas, se celebra el desayuno de hermandad entre los pescadores donde se sirve el plato típico estofat (estofado). La visita al interior de la ermita se puede hacer los meses de verano (julio y agosto) de 17 a 19h y de forma gratuita.

Vistas de la Cala Treumal

“Santa Cristina es una maravilla. Grandes pinos sobre el monte, con escollos claros de color, sobre una mar maravillosa, de azul y verde. Algo griego y estupendo.” Joaquin Sorolla

Cómo llegar:

Con automóvil: Seguir la carretera GI-682 en dirección a Blanes. Poco después del letrero de salida de Blanes, siga el rótulo que indica Playa Santa Cristina en la rotonda y primera salida a la izquierda.

Aparcamiento: Servicio
 de pago en la Playa Santa Cristina (aprox. 6 € coches, 3 € motocicletas, precio global por un día). También se puede aparcar en el Jardín Botánico Pinya de Rosa.

Licenciada en Humanidades, especialidad Arte, y Periodismo por la UPF. También ha cursado posgrados de Marketing digital y Social Media. Periodista que ha trabajado para diferentes medios y empresas del ámbito cultural. Se considera comunicadora cultural en todas sus vertientes siendo el arte, la fotografía y los viajes su pasión.

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