Martha Gellhorn: credenciales

Como es bien sabido, el momento de salida de las aulas, cuando es una oportunidad ritual de reunión, suele ser el instante más prolífico de aprendizaje. Más, a veces, que las horas que te has pasado sentado, escuchando y anotando sin cesar. En uno de estos, A. me dijo que había visto un film sobre Ernest Hemingway. Añadió, al poco, que no me interesaría por eso, sino porque trataba sobre su tercera mujer: Martha Gellhorn. F. nos llamaba el monstruo de dos cabezas, no le faltaba razón ya que tenemos una peculiar simbiosis.

Vi con muchas reticencias el biopic Hemingway & Gellhorn (2012). Lo cierto es que nunca sentí demasiada afinidad con Nicole Kidman. Aun así, durante el transcurso todo cobró sentido solo con poder escuchar «¡Ay, Carmela!» y ver esbozar la figura de esta gran mujer. Al poco, recibí de M. –como cada año– un espléndido regalo de aniversario: Cinco viajes al infierno. Aventuras conmigo y ese otro.

Solo con divisar la portada supe de quién se trataba. Una mujer camina, rifle en mano, a través de un campo de centeno. Estamos en 1940, en Sun Valley, durante una cacería. No sería de extrañar que Ernest Hemingway merodease por los alrededores. Tiene la misma mirada sarcástica con la que escribe. Ella es Martha Gellhorn y, años después, se encontrará en Kastelli –en el extremo occidental de Creta–, rodeada de los despojos de nuestra especie. Allí decidirá escribir sobre sus peores viajes.

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Pero, un momento, Martha… ¿Quién?

Martha Gellhorn nació un 8 de noviembre de 1908 en Saint Louis, hija de la sufragista Edna Fischell y de George Gellhorn, ginecólogo de ascendencia judía y alemana. Estaba decidida a curtirse como corresponsal en el extranjero así que, en 1930, partió dirección a París para trabajar en las oficinas de la United Press. Llegó a la ciudad de la luz con una máquina de escribir y setenta y cinco dólares encima. Cuando regresó a EUA, nació de su experiencia What Mad Pursuit (1934), su primer libro.marthagellhorn2

En esos momentos, la Gran Depresión asolaba los Estados Unidos y Martha fue contratada por la Federal Emergency Relief Administration, organismo creado por el presidente Franklin D. Roosevelt, para recabar información sobre las zonas más deprimidas. Junto con la fotoperiodista Dorothea Lange se embarcaron en un viaje documentando la desolación. Todo ello desembocó en The Trouble I’ve Seen (1936) cuatro narraciones con prefacio de H. G. Wells. Su trabajo conquistó a Eleanor Roosevelt, con quien le unió una gran amistad a partir de entonces.

A finales de ese año, 1936, se marchó a Cayo Hueso con la familia para celebrar la Navidad. De haber sabido lo que le esperaba no sé si se hubiera desplazado hasta allí. La sorpresa tuvo lugar en un bar, el Sloppy Joe’s, en el que se topó con Ernest Hemingway. A posteriori, calificaría este encuentro y su subsiguiente relación: «más bien de un traspiés».

Al cabo de un año se encontraba cruzando la frontera española a pie por Andorra, esta vez tenía en su haber cincuenta dólares. Había sido enviada por el magazine americano Collier’s Weekly para cubrir la Guerra Civil Española. En Barcelona se reencontró con Hemingway, o como lo mencionaría en sus crónicas, con el «C.R., compañero reticente». Desde ese punto escribió un magnífico reportaje titulado The Third Winter is the Harder, que trataba sobre los ataques y penurias que sufría la población civil. Posteriormente, dedicó The Undefeated (1945) a todos los que, tras su duro exilio, se habían unido a la Resistencia francesa.

A partir de ese momento había prendido la mecha Gellhorn, lúcida e imparable, que no se apagaría hasta los 89 años. Como ella misma rezaba, hablando de su vocación: «No todos podemos ser Marco Polo ni Freya Stark, pero aun así millones de personas viajamos. Los grandes viajeros, vivos y muertos, constituyen una especie en sí mismos, son profesionales únicos».[1]

Martha y el periodismo de guerra

Fue un testigo omnipresente de los conflictos bélicos que azotaron el siglo XX: la Segunda Guerra Mundial desde distintos puntos, la liberación del campo de exterminio de Dachau, el desembarco de Normandía, la China en guerra con Japón, el conflicto con Vietnam… Con 87 años de edad se embarcaba en su último viaje, destino Brasil, con tal de escribir sobre los asesinatos infantiles que tenían lugar en las calles. Después declararía que ya no se encontraba suficientemente ágil para moverse por el mundo. «Es extraño que uno sienta vocación, pero aún más que esta perdure. ¿Quién podría prever el efecto permanente de los viajes infantiles en tranvía? Ningún otro estilo de vida me habría interesado tanto ni durante tanto tiempo»,[2] decía. En suma, tras hacer memoria, esta gran aventurera cayó en la cuenta de que había recorrido cincuenta y tres países.

«No somos héroes como los grandes viajeros, pero los aficionados seguimos siendo una raza bastante dura. Por muy horrible que haya sido el último viaje, nunca perdemos la esperanza con el próximo, a saber por qué». [3] Martha Gellhorn demostró que también hay que saber mirar. Como dijo Marcel Proust, el auténtico viaje no consiste en ver nuevos paisajes, sino en tener una mirada distinta. Y, con su sonrisa dulce y tozuda, continuó sus periplos hasta que sus ojos se sumieron en la más profunda oscuridad en 1998, tras una sobredosis.

[1] Martha GELLHORN, «Cinco viajes al infierno. Aventuras conmigo y ese otro». Badalona: Altaïr. Pág. 19.

[2] Pág. 28.

[3] Pág. 21.

Estudió Historia del arte en la UAB. Llegó un momento en el que se dio cuenta de que pasaba más tiempo entre los estantes de Literatura de la Biblioteca que entre los de Arte. Es por ello que decidió cursar el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento donde se especializó en Literatura Comparada y Pensamiento Contemporáneo. Actualmente, tratando de adentrarse en el mundo de la edición, realiza estudios de posgrado en Gestión y Marketing Editorial en la UOC. Viajar y escribir forman parte de su ADN.

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