Munch y Vigeland, la unión de los grandes artistas noruegos en el Munch Museet

Parque de las esculturas, Vigeland © Mar Hidalgo
Parque de las esculturas, Vigeland © Mar Hidalgo

Edvard Munch es el artista noruego más conocido debido a que fue el máximo representante del expresionismo pictórico, encarnado en su obra mundialmente famosa El grito. Cuando uno visita por primera vez Oslo y decide hacer turismo cultural por esta increíble ciudad nórdica, se da cuenta de que, para Noruega, Munch no es el único artista nacional que merece un gran reconocimiento, en el mismo escalón que el pintor se encuentra el escultor Gustav Vigeland, reconocidos a la par por esta ciudad y cobrando la misma importancia dentro de la cultura nacional.

Exposición 'Munch+Vigeland' © Mar Hidalgo
Exposición ‘Munch+Vigeland’ © Mar Hidalgo

Vigeland (1869-1943) y Munch (1863-1944) comparten, prácticamente, el mismo periodo artístico, acuden a la misma escuela artística en Kristiania (antigua ciudad de Oslo) y hacen casi los mismos viajes culturales: ambos quedan fascinados por los artistas parisinos y frecuentan el mismo grupo de intelectuales en Berlín (formado, entre otros, por Niestzche), grupo que tenía como una de sus premisas el considerar a la mujer como criatura horrible devoradora del hombre, tema muy concurrido en las obras del pintor y que aparece en alguna ocasión en las obras del escultor. Aunque ambos formaron partes de estos grupos de intelectuales nunca lo hicieron durante el mismo periodo de tiempo.

Aunque no coincidieron en sus viajes, Vigeland y Munch se dan la mano, casi por casualidad, en muchas de sus obras. Esto se puede ver hasta el 17 de enero de 2016 en el Munch Museet de Oslo con la exposición Vigeland Munch. Detrás de los mitos donde el visitante encuentra una exquisita muestra de las ligaduras que existen entre las obras de ambos autores. Es tanto el parecido de algunas obras que, a veces, parece que Vigeland esculpe lo que Munch pinta y viceversa. Esto es debido a que el tema recurrente de estos artistas noruegos es la humanidad y el ciclo de la vida del hombre. En Vigeland el ciclo de la vida está representado con naturalidad y gracilidad (una representación fantástica es el parque Vigeland, creado por entero por el artista para la ciudad de Oslo y el cual está dedicado, en exclusiva, al ciclo de la vida), mientras que en Munch todo es más intenso, con más sentimiento, más expresión, más oscuridad y más identificación propia de la persona.

Exposición 'Munch+Vigeland' © Josep Algans
Exposición ‘Munch+Vigeland’ © Mar Hidalgo

Esta relación se intuye fácilmente en las obras que ambos titulan El beso. Munch tiene tres versiones de la misma de las cuales una coincide en fecha con la escultura de Vigeland. Ambos autores suprimen por entero el rostro y por lo tanto la identidad de los amantes (algo raro en Munch, que se sirve de las expresiones para expresar los sentimientos) para dejar que sea la unión y la fuerza  de los cuerpos unidos de los amantes en el acto del beso las que describan la pasión. Es casi imposible saber, en ambos casos, donde acaba un cuerpo y comienza el otro.

Parque de las esculturas, Monolito Vigeland © Mar Hidalgo
Parque de las esculturas, Monolito Vigeland © Mar Hidalgo

La comparación de El monolito de Vigeland, situado en el parque Vigeland, y La montaña huamana de Munch es muy interesante, ya que representan una visión de la humanidad en Munch coronada por un sol luminoso y en Vigeland finalizando con unas esculturas en busca de la grandeza de Dios. Sol y Dios son tan comparables como la forma en la que los cuerpos se amontonan formando una montaña de seres humanos que se abren paso para llegar a la cima.

Es destacable también la comparación de El baile de la vida de Munch con los bailarines de Vigeland. Son obras, a primera vista, distintas: en Munch es todo escuro, lleno de personajes tétricos y precedidos por la muerte mientras que en Vigeland todo es armónicos y sutil. Dejando al lado estas diferencias encontramos, en ambos, unos bailarines totalmente ajenos a la vida y a lo que pueda ocurrir a su alrededor, solo preocupados por seguir bailando.

Definitivamente ir a Oslo  es empaparse de cultura y sumergirse de lleno en la obra de estos magníficos artistas, que inundan las calles con las obras que a su muerte donaron a la ciudad.

Graduada en filología hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente asentada en Glasgow (Escocia). Trabaja de camarera pero en su tiempo libre ejerce de profesora de español en casa. Amante de la literatura y el arte pero, sobre todo, amante de viajar con su cámara.

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