¿Por qué visitamos los museos en nuestros viajes?

Quiero despedir este 2019 con una anécdota que me pasó en uno de mis viajes a Viena relacionada con nuestra visita a los museos. Desde mi época universitaria siempre he querido visitar la capital austríaca en profundidad. Ahora os explicaré el porque y como de grande fue la decepción cuando por fin pude pisar el museo del Palacio Belvedere, lugar que alberga una de las pinturas que más ilusión me hacía conocer.

Empiezo. Mi amor por Viena surgió a raíz de mi época universitaria. En mis clases de arte descubrí un pintor que se encuentra en mi lista de preferidos y, especialmente él, destaca por encima del resto. Es Gustav Klimt, uno de los máximos representantes del Art Noveau en Europa. Para mí estudiar toda la obra relacionada con el pintor austrohúngaro fue un descubrimiento porque es un autor que ha aportado mucho a la historia del arte, desde sus pinturas de paisajes hasta cultivar su estilo ecléctico, que lo llevó a desafiar las normas por las que se regía el Arte a principios del siglo XX. Para añadir más ilusión, precisamente el año 2019 se celebraba en la ciudad el centenario de su nacimiento con un montón de exposiciones y actividades relacionadas con él. Por eso, este año me hacía especialmente ilusión visitar la ciudad vienesa.

Museo Belvedere © Núria A.T

Museos: entre la contemplación y la decepción

Entiendo que viajar en agosto es un mes difícil para visitar según que ciudad y Viena, precisamente por ser la mejor ciudad de Europa, no es una de aquellas a las que no piensas que no va a ir nadie a visitar sino todo lo contrario. De ello soy consciente. Pero lo que viví en el Palacio de Belvedere es lo que me traje a disgustó dentro de mí.

Me levanto a las 6 de la mañana. Quiero pasear hasta llegar a la zona del Palacio de Belvedere con tiempo, antes de que pique más el sol y los turistas ya estén campando por las calles. Hago una muy buena elección porque la ciudad a primerísima hora es la cuando mejor la puedes disfrutar. Con casi una hora caminando entre sus calles llego a la puerta de entrada de los jardines del Palacio Belvedere. Por todos sus rincones solo hay residentes haciendo footing y solamente en la puerta del Museo del Belvedere una familia que han pensado, como yo, en que madrugar es la mejor opción. A falta de un par de minutos para que abran las puertas, aparecen más de una treintena de turistas japoneses. Podían ser asiáticos como procedentes de España, de América o de cualquier otra parte del mundo. En grupo, alborotando, poniéndose a hacer selfies y quebrantando esa paz que instantes antes teníamos rodeados de silencio.

Pero lo peor pasa dentro. Como todo turista que va con tour operador contratado tienen un tiempo limitado para verlo todo y eso también implica entrar en todos los recintos en el menor tiempo posible. Eso pasa por querer hacerse selfies en todos los cuadros posibles en el mínimo tiempo posible. No les importa si es un Gustav Klimt o un Egon Schiele o Oskar Kokoschka. Realmente no tienen ni idea de arte y menos de los cuadros que tienen delante. Se guían más por encontrar esas obras que salen en el catálogo de las guías para fotografiar o fotografiarse ellos delante. No les importa si hay alguien detrás suyo observando el cuadro con detenimiento, leyendo la información o simplemente, como me pasaba a mí, admirando las obras que tanto ha estudiado previamente. Me pasó con el cuadro de El Beso o el de Judit I ¿Los pude contemplar? No. Los vi de refilón porque fue imposible que treinta personas dejaran que las personas, que nos habíamos levantado a las 6 de la mañana para ir al museo, pudiéramos hacer lo que más nos apetecía: disfrutar del arte. Recuerdo también que hubo una chica, de apariencia alemana, que quiso preguntarme varias veces sobre algún cuadro de Klimt. En otras circunstancias, hubiera entablado algún tipo de conversación con ella mientras contemplábamos los cuadros. Pero francamente fue imposible, estaba saturada, decepcionada y me marché a la tercera planta del museo lo más rápido que pude. No sé si los turistas japoneses consiguieron llegar a subir tantas escaleras o el tiempo solo les permitió hacer la foto de rigor en los cuadros de Klimt. Lo cierto es que en la tercera planta encontré la calma y descubrí un sinfín de pintores austríacos que desconocía.

Museo de Historia del Arte de Viena © Núria A.T

Mi reflexión que planteo es la siguiente ¿Por qué visitamos museos? Considero que estos lugares son como templos llenos de historia que merecen ser contemplados con el máximo respeto y no banalizados por un selfie o una instantánea en Instagram para recibir likes. Si no te gusta el arte, ni la pintura ¿Por qué gastas tu valioso tiempo en un lugar que no te llena? Turismo responsable también es escoger que sitios son los más adecuados para visitar según los gustos de cada persona. Es la educación y el respeto cuando se viaja. Parece ser que para el turista del siglo XXI estos valores se han perdido.

Por un 2019 donde el Museo vuelva a ser ese espacio que conecte culturas y no las distancie. Porque nuestro viaje a un Museo vuelva a ser un aprendizaje y no una batalla. Porque sea el año que volvamos a recordar la importancia de visitar un museo.

¡Feliz Año 2019!

Licenciada en Humanidades, especialidad Arte, y Periodismo por la UPF. También ha cursado posgrados de Marketing digital y Social Media. Periodista que ha trabajado para diferentes medios y empresas del ámbito cultural. Se considera comunicadora cultural en todas sus vertientes siendo el arte, la fotografía y los viajes su pasión.

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